Ancianos y delincuentes

por Jorge Abasolo | jabasoloaravena@gmail.com | 7 de noviembre de 2011

Un amigo mío que suele tener ideas brillantes -aunque a veces impracticables- me manifestó hace poco su inquietud por los ancianos de nuestro país.

Su abuelo acaba de cumplir 102 años y mi amigo es renuente a enviarlo a un asilo, pues según él, allá los tratan como delincuentes.

Me añadió que lo paradójico de todo esto es que en las cárceles a la gente se les trata de bastante mejor modo. Le dije que lo suyo me parecía una exageración y que la cosa no era para tanto. Como mi amigo es de idea fija, continuó con entusiasmo digno de mejor causa su perorata y me hizo ver que ya era hora de que el gobierno fuese pensando en abrir las cárceles a la gente de la tercera edad. A su juicio, allí nuestros queridos viejos estarían más seguros y hasta mejor atendidos. Me dijo que la población penal del Chile de hoy alcanza a las 53.154 personas, de las cuales con suerte poco menos de un tercio podría ser rehabilitada. A eso agregó que el Estado gasta $400.000 (cuatrocientos mil pesos) al mes por la mantención de un recluso, lo que le parecía un gasto excesivo y superfluo.

Yo quedé pasmado, pero insistí en que su argumentación me parecía exagerada.

Entonces, sacando una libreta de apuntes tan vieja como arrugada, procedió a persuadirme de su idea explicitándome una catarata de razones.

He aquí algunas de las que me acuerdo.

Si trasladamos a las personas de la tercera edad a las cárceles, y a los delincuentes a las residencias de ancianos habría un solo ganador: el país.

De esta manera, nuestros ancianos tendrían acceso a una ducha todos los días, al ocio reconfortante, a medicamentos, exámenes dentales y médicos regulares.

- Recibirían el dinero en vez de pagar por su alojamiento.

- Tendrían derecho a vigilancia continua, por lo que de inmediato recibirían asistencia después de una caída u otra emergencia.

- Les llevarían las comidas directamente a su “habitación”.

- Tendrían un lugar especial para recibir a su familia.

- Tendrían acceso a una biblioteca, sala de ejercicios, terapia física y espiritual, así como a enseñanza gratuita, incluso universidad a distancia.

- Se les dotaría de pijamas, zapatos, zapatillas y asistencia jurídica gratuita bajo petición.

- Contarían con quien los defienda, a quien plantearle sus quejas, hacer mil y una peticiones con la seguridad de que las mismas deberán ser atendidas en un plazo prudencial, previamente establecido.

- Podrían apelar a muchas razones para estar cerca de su familia, o que se faciliten sus visitas, pedir traslados, etcétera.
- A su vez, los delincuentes tendrían los platos fríos, se quedarían solos y sin vigilancia. No los visitaría la familia casi nunca. Se aburrirían mucho y perderían hasta las ganas de vivir.

- Las luces se apagarían a las 20:00 horas.

- Tendrían derecho a un baño a la semana, vivirían en una pequeña habitación por la que tendrían que pagar unos $25.000 al mes sin esperanza de salir con vida.

De esta forma habría algo de justicia para todos.

Tras escucharlo me quedé pensando y me volví a casa entre pensativo y cavilando más de la cuenta.

Después de todo, parece que las ideas de mi amigo no son tan impracticables…